Menu

Aprender a decidir: El gran reto del ser humano

Tomamos alrededor de 35,000 decisiones al día, la mayor parte de ellas de manera inconsciente y repetitiva. Respirar, comer, dormir y caminar, son algunas actividades sobre las que decidimos todos los días. Pero la evidencia nos dice que no por hacer mucho hacer algo, lo hacemos mejor. Más de 17,000 respiraciones al día [en promedio 12 por minuto], nos dan una señal de que estamos vivos, pero no necesariamente de que estamos respirando bien. Alimentarnos varias veces al día desde que nacemos, no nos ha asegurado una alimentación adecuada, por el contrario, la dieta promedio del ser humano de hoy es menos equilibrada y saludable que la del de hace algunos miles de años. Lo mismo pasa con nuestras decisiones. Las tomamos a cada instante, pero no siempre bien.

 

A nivel evolutivo somos producto de las decisiones de nuestros ancestros. Pasar de recolectores/cazadores a agricultores, ha sido una de las decisiones colectivas más trascendentales del homo sapiens. A nivel individual, somos producto de nuestras propias decisiones, conscientes o inconscientes. Somos lo que somos porque, para bien o para mal, hemos decidido algo, en algún momento.

 

Pero, si siempre hemos tomado decisiones ¿por qué a veces lo hacemos tan mal? Uno de los más grandes errores, creo yo, está relacionado al ego del ser humano. Creemos que tomamos decisiones racionales, siempre. Nos consideramos dueños de la verdad absoluta. Pero en la práctica, nada más alejado de la realidad.

 

René Descartes, uno de los filósofos más representativos de los últimos tiempos, decía: “Cogito ergo sum” [Pienso luego existo]. Sin embargo, hace algunas décadas, el neurocientífico americano Paul Mc Lean, postuló la teoría del cerebro triuno [luego estudiada y reafirmada por otros científicos]. Esta teoría hace referencia a tres cerebros que hoy forman parte del cerebro humano, pero que evolutivamente aparecieron en diferentes momentos: 1) el cerebro reptiliano, que regula los elementos básicos de la supervivencia [con antigüedad de 500 MM de años]; 2) el sistema límbico, responsable en gran parte de nuestras emociones [con antigüedad de 200MM años] y 3) el neocórtex, responsable del razonamiento humano [con antigüedad de 100 mil años]. En otras palabras, si nos ceñimos a la evidencia científica, hemos existido primero, hemos sentido después, y, por último, hemos sido capaces de pensar/razonar. Por tanto, parece ser que la famosa frase de Descartes, o no era tan cierta, o, metafóricamente hablando, tenía otro objetivo.

 

Por su puesto que nuestro cerebro no funciona de manera estática ni predecible. Por el contrario, es una interacción constante y dinámica, que combina elementos internos (genes, hormonas, conexión entre neuronas, sistemas estructurados) con elementos externos (aprendizaje, contexto, experiencias, percepciones). La toma de decisiones es igual de compleja, pero los humanos tenemos el ego tan exacerbado, que no somos conscientes de ello.

 

Somos los únicos seres racionales sobre la tierra [aunque algunos dicen lo contrario], pero nuestras decisiones, en gran parte, tienen un alto componente emocional. No solo las banales sino las más relevantes también. La compra de una casa, de un vehículo, la elección de un trabajo o de una pareja. Todas son decisiones con alto grado de influencia de nuestras emociones, pero, además, de nuestros sesgos, prejuicios y paradigmas. Para sentirnos mejor, una vez tomadas, tratamos de racionalizar o justificar nuestra elección.  

 

Decidimos hasta cuando creemos que no estamos decidiendo nada. No hacer nada es una elección, y como todas nuestras decisiones, también tiene una consecuencia. Cada vez que le decimos si a algo, le decimos no a muchas otras cosas En absolutamente todos los casos, nuestras decisiones tienen un impacto sobre nosotros o sobre otros, en mayor o menor medida.

 

El gran desafío del ser humano es “aprender a decidir”. Nuestras decisiones no cambiarán el pasado, pero pueden transformar nuestro futuro. Hagamos consciente eso que hoy está del lado inconsciente. Busquemos objetividad dentro de nuestra subjetividad. Equilibremos nuestras emociones, al menos antes de una elección importante. Practiquemos el pensamiento crítico y fomentemos la tolerancia. Aún después de ese gran esfuerzo, equivocarnos siempre es una posibilidad. Sea cual fuere el resultado, tenemos que ser capaces de asumir con responsabilidad, nuestros errores y nuestros aciertos. Después de todo, solo somos seres humanos.

Profecía autocumplida: cuando las expectativas se convierten en realidad


Gerardo era un economista, que fue despedido de su trabajo como gerente del banco más grande de la ciudad. Gerardo creía que su desvinculación fue injusta, y se propuso tomar revancha contra el banco. En una reunión de amigos, Gerardo comentó que el banco [del que fue despedido], estaba a punto de quebrar. Al día siguiente, Pedro, uno de los presentes en la reunión, fue a retirar sus ahorros. Pedro le contó a Roberto, periodista dueño de un canal de televisión local, sobre la “quiebra” que se venía. Por la noche, la noticia estaba en boca de toda la ciudad. Dos días después, la gente hacía cola en el banco para retirar sus ahorros. El banco, que hasta antes que se propagara la falsa información, tenía los mejores indicadores de estabilidad financiera, quebró.

A esto se le llama “Efecto Pigmalión” [en honor a un mito griego], que no es otra cosa que “la forma en que nuestras creencias y expectativas, influyen sobre el comportamiento de otra persona”.  Se han hecho muchos experimentos, en diversas ramas, para evidenciar esto. En pedagogía, por ejemplo, ha quedado demostrado que la forma en que los profesores perciben a sus alumnos, es fundamental para su aprendizaje. Si creen que un niño no es capaz de entender algo, eso sucederá. Si creen que el niño es capaz de lograrlo, es muy probable que lo haga.

Esto es algo que aprendí hace más de una década, aunque no bajo ese nombre. Nuestras creencias, nos llevan a adoptar cierto comportamiento [a hacer o no hacer algo], y este, finalmente, determina nuestros resultados. Si yo creo que soy capaz de hacer algo, es probable que lo haga. Si creo que no soy capaz de hacerlo, es probable que ni siquiera lo intente. Entonces, para cambiar los resultados, es preciso primero, cambiar las creencias que tenemos respecto a nosotros, respecto a los demás o respecto a una determinada situación.

Según el escritor español Alex Rovira, la explicación científica al “Efecto Pigmalión”, es la siguiente. Cuando alguien confía en nosotros y nos contagia esa confianza, nuestro sistema límbico acelera la velocidad de nuestro pensamiento, incrementar nuestra lucidez, nuestra energía, y en consecuencia nuestra atención, eficacia y eficiencia. Es por eso, que soportados en la confianza de otros y en la propia, somos capaces de lograr mejores resultados.

Nos convertimos en lo que creemos. Y nuestro entorno también. Si creemos que todo va a estar mal, realmente todo estará mal, al menos bajo la luz de nuestra mirada, de nuestra perspectiva. No podemos crear todo lo que deseamos, pero si creemos, con seguridad podemos lograr mucho más de lo que imaginamos.

Estamos viviendo un contexto que nos lleva a repensar no solo la forma de hacer negocios, sino la forma de relacionarnos y de percibir el mundo. El filósofo alemán Arthur Schopenhauer, decía: “el azar reparte las cartas, pero nosotros las jugamos”. Podemos elegir pensar todos los días en “si saldremos vivos [como personas o empresas] de esta pandemia”. Pero también podemos optar por confiar en nosotros, y por qué no, en los otros. Esa confianza que, tal vez no nos dará la seguridad, pero que sin duda incrementará nuestras posibilidades de salir airosos de esta batalla. Iniciemos por creer, para empezar a crear.

Cuando nos volvamos a encontrar


Ayer, junto con mi hija, estuvimos tratando de construir una torre tan alta como pudiésemos, con las piezas que teníamos a mano. Tuvimos más de una decena de intentos “fallidos”, de esos en los que crees que ya estás por terminar, cuando de pronto, la “sólida” torre se desploma. Cada caída era la oportunidad de un nuevo inicio, tratando de corregir aquello que hizo desplomar la torre en el intento anterior. Con cierta sorpresa, veía a mi hija celebrar cada caída, pero retomar la seriedad al momento de cada construcción. Después de sendos intentos, logramos construir la anhelada torre.

Aún hasta hoy, me quedo pensando en ello. A veces algo se tiene que caer, para “obligarnos” a comenzar de nuevo. El mundo atraviesa una pandemia que nos hace, por lo menos, repensar cómo estamos haciendo las cosas. Sin duda estos momentos son difíciles, para personas y para empresas, para públicos y privados, para dependientes e independientes. Son tiempos de mucha incertidumbre, que no es otra cosa que la falta de seguridad o de certeza sobre lo que puede pasar en el futuro.

En este contexto, es difícil tomar decisiones e incluso pensar en alternativas, probablemente porque no tenemos la información suficiente. Lo que si podemos hacer, porque depende absolutamente de cada individuo, es determinar la actitud con la que afrontaremos esta crisis. Por lo general, la palabra crisis está relacionada a un evento negativo, con consecuencias de igual tenor. Pero, ¿por qué no podríamos ver la crisis como una oportunidad?

Las personas, las organizaciones y la sociedad en su conjunto, cambiamos siempre, de forma deliberada o por inercia. Cuando es por decisión propia, las fuerzas de querer cambiar vienen desde adentro. Cuando es por inercia, por lo general las fuerzas del cambio vienen desde fuera. Esta crisis, es una fuerza externa que, sin duda, nos hará cambiar, por decisión propia o por inercia. Para ser más claro, la sociedad y las condiciones del mercado cambiarán, y eso hará que, aunque no seamos conscientes y nos resistamos a cambiar, tendremos que hacerlo.

Pero ¿por qué nos resistimos tanto al cambio? Justamente por temor a lo desconocido, por no tener la información suficiente de lo que puede suceder luego de ese cambio. Los seres humanos seríamos felices si tuviéramos la forma de predecir con certeza el futuro. La incertidumbre no es cómoda, pero cualquier proceso de crecimiento o evolución, inevitablemente tiene una etapa de incomodidad. Algunos le llaman “salir de la zona de confort”.

Esta vez el cambio no es una opción, es una necesidad. Y bajo esa premisa, es mejor gestionarlo y dirigirlo. Solo así tendremos más claridad (no certeza) sobre los posibles resultados. Démosle a este cambio, el sentido de urgencia que merece (es hoy, no mañana). Que la creatividad sea nuestra mejor arma, que la empatía sea nuestro más grande argumento. Que la tolerancia, el respeto y la colaboración, sean nuestros inquebrantables pilares. Que estos días nos sirvan para revisar nuestras creencias y elegir aquellas que nos acerquen a nuestros objetivos. Que tú y yo seamos mejores personas, cuando nos volvamos a encontrar.

Un pozo en la arena


Aprovechando los días festivos, estuvimos unos días en la playa junto a mi familia. Apenas tocamos la arena, mi hijo mayor esperaba con entusiasmo acercarse a la orilla para construir un pozo [piscina]. El primer día construimos uno de tamaño regular, lo suficiente como para que pueda jugar. A nuestro alrededor habían otros pozos de distintos tamaños.

El segundo día sucedió lo mismo, pero esta vez, Mathías quería un pozo más grande, por lo que elegimos un lugar más cercano a la orilla para construirlo. Pusimos manos a la obra, cuando de pronto, por efecto del agua, la arena se empezó a desmoronar en ciertas zonas, obligándome a trabajar más rápido para detener el “derrumbe”. Al verme en ajetreos, mi hijo me dijo: “Papá, no te preocupes, si las paredes se caen o la arena se desmorona, nos da más oportunidades para construir un hoyo más grande”. Lo que sucedió después fue que empezamos a disfrutar y hasta celebrar la caída de las paredes de arena, porque estábamos seguros de que eso permitiría lograr nuestro objetivo final.

Lo que me dijo me hizo reflexionar sobre lo que sucede en la vida misma, visto desde otra perspectiva. A veces las cosas no funcionan, los obstáculos se presentan, nuestras vidas parecen derrumbarse o nuestros objetivos parecen alejarse. Frente a eso, tenemos dos opciones: asumir el papel de víctima y sentarnos a esperar que la situación cambie, o adoptar un rol protagónico y aprovechar una oportunidad de cambio, en donde aparentemente existía un problema. A veces la ruptura o la caída, tienen que suceder, para empezar algo nuevo y mejor.

Estamos a pocas horas de cerrar el 2019. Por usos y costumbres, por lo general en esta época hacemos un balance de los últimos 365 días y una proyección de cómo queremos que sea nuestro próximo año. También ponemos en práctica algunas cábalas, condimentadas con vestimenta de colores, maletas, escaleras, pasaportes, objetos en miniatura, uvas y demás. Tal vez a algunos nos dé por revisar las proyecciones de crecimiento del PBI, lo mal que le ha ido al país este año en ese indicador, o lo relativamente bien que está el riesgo país comparado con el de otros países de la región. Algunos estarán felices porque será su año según el horóscopo chino o porque sienten que, por alguna mágica razón, el universo conspirará a su favor el 2020.

Cada uno con sus recursos, respetables todos ellos. Lo cierto es que, si nosotros, a nivel individual [o empresarial], no cambiamos en aquello que creemos está directamente relacionado a nuestros objetivos, ni el universo conspirará ni las proyecciones optimistas nos asegurarán que estos se cumplan. ¿Cómo podría ser mejor persona, si no trabajo en aquello que me hace crecer? ¿Cómo podría conseguir un nuevo cliente, si no hago nada distinto para encontrarlo? ¿Cómo podría vender más, si mi estrategia es exactamente la misma que la aplicada el año que se va? ¿Cómo podría motivar más a mis colaboradores, si los trato de la misma manera?  

Donde hay una incomodidad, siempre habrá una oportunidad de crecimiento. Donde se presenta una crisis, también existe la posibilidad de reinventarse. Donde nació un conflicto, siempre habrá espacio para solucionarlo. Don hubo dolor, el aprendizaje también será una opción. Pero las oportunidades son solo eso, posibilidades “gaseosas”, hasta que cada uno decide aprovecharlas y convertirlas en una nueva realidad a su favor.

Te deseo un nuevo año con mayor empatía, de hablar menos y escuchar más, de menor competencia y mayor colaboración, de menos conflictos y mayor tolerancia. Un año en donde la comunicación sea más asertiva y la apertura a nuevas perspectivas, prevalezca sobre la tuya. Te aseguro que el éxito, vendrá en gran parte como consecuencia de todo ello. Te deseo eso, pero además, deseo que el 2020, nos volvamos a encontrar.

¡Un abrazo!

La culpa no es de los mayas


“Papá, si los mayas no hubieran inventado las matemáticas, yo sería muy feliz”, argumentaba mi hijo Mathías [8 años], esbozando una sonrisa, mientras resolvía una tarea de la misma materia. En realidad se refería a los aportes de esta cultura a las matemáticas, pues estos no fueron los creadores. Curiosamente, cada vez que le pregunto a él o a otros niños de su edad [y mayores], sobre su curso favorito en el colegio, las respuestas son las mismas: “educación física” o “recreo”. De hecho, cuando era niño, seguramente yo respondía lo mismo.

¿La culpa será de los mayas, de los griegos o de los egipcios? ¿De las matemáticas, de la geografía, de la química o de la astronomía? En realidad el problema no son los contenidos ni sus creadores. El problema es la forma en que transmitimos esa información a las personas, más aún en etapa de formación. Si los maestros hicieran que cada materia sea entretenida, probablemente, más niños o jóvenes disfruten y se apasionen por sus contenidos.

Nuestros primeros 21 años de vida [y a veces más], los pasamos entre el nido, el jardín, la primaria, secundaria y la educación técnica o profesional. Alrededor de 35,000 horas sin contar el tiempo de tareas, asignaciones o proyectos. Luego pasamos otras 90,000 horas en el trabajo, si tenemos la suerte de trabajar solo 8 horas diarias [5 días a la semana], si no hacemos horas extras y nos jubilamos a los 65 años [escenario casi improbable en estos tiempos]. Sin gran parte de nuestra vida la pasamos entre el estudio y el trabajo ¿deberíamos disfrutarlo, no?

Está ampliamente demostrado que las emociones juegan un papel fundamental en el aprendizaje de las personas [no solo de los niños]. En la medida que la persona encuentre divertido un contenido determinado, prestará mayor atención, será más participativa, se involucrará y su cerebro retendrá mayor información. Pero ¿realmente nos estamos ocupando en que el sistema educativo sea divertido, entretenido o apasionante?

Paradójicamente, hoy se habla mucho de la motivación de los colaboradores en las organizaciones, e inclusos se ha acuñado el término “Gerente de Felicidad” o “Gestor de Felicidad” en estas. Nos preocupamos más de motivar a una persona adulta [en edad de trabajar], que de generar un entorno placentero en el proceso de aprendizaje de un niño o adolescente. Es casi como querer podar las hojas de un árbol para que se vea mejor, sin previamente haber cuidado de sus raíces.

Cabe resaltar, que el proceso de aprendizaje no solo es responsabilidad de las escuelas, sino también de los padres. Desde mi punto de vista, algunos de los factores que generan entornos poco “felices” en el proceso de aprendizaje del niño o el adolescente, son los siguientes.

  1. Los alumnos son evaluados, catalogados y de alguna forma discriminados, en función de sus calificaciones, olvidando el proceso de aprendizaje.
  2. Educación basada en el miedo [nota, castigo] y no en el placer.
  3. Aunque la comparación es una característica del ser humano, en el proceso de aprendizaje esta puede generar resultados funestos [compararse o ser comparado con otros].
  4. La prioridad es el avance y cumplimiento de la currícula, no necesariamente el aprendizaje del alumno.
  5. Todos los alumnos son tratados por igual, sin tener en cuenta la diferencia de habilidades entre ellos.

La culpa no es de los mayas. La responsabilidad recae en los actores del sistema educativo [incluidos nosotros, los padres], que nos aferramos a la idea de que cada vez hay más niños hiperactivos, con déficit de atención, con trastornos de conducta o de aprendizaje, con ansiedad o depresión. Creemos que el problema son ellos, sin darnos cuenta de que quienes lo estamos generando, somos nosotros.

Mamá, no sé por qué lloro


Tengo un trabajo que me fascina y apasiona, y cuando regreso a casa luego de un día extenuante, me encuentro con una familia completamente extraordinaria e increíble.

La semana pasada tuve la oportunidad de aprender de una manera práctica y poco pensada una de las mejores cosas. Mi hijo de 7 años, el último de tres hermanos, el conchito, tuvo una muy airada reacción, a mi parecer totalmente desproporcionada, al negarle la posibilidad de llevar uno de sus juguetes preferidos al colegio, puesto que ese día en particular saldrían de paseo.

Fue impresionante verlo levantarse de la mesa, rojo de cólera, guardándose varios comentarios de protesta, apretando sus labios y mirando hacia arriba para evitar que sus lágrimas superen la capacidad de sus ojos y lo dejen en evidencia.

Decidí acercarme e intentar disuadirlo para hacerle notar que era mejor no arriesgar a que se pierda su tan amado juguete. Sin embargo, al verlo tan desencajado, le pregunté: hijo ¿qué sientes? Su única respuesta fue: No lo sé, mamá, no sé por qué lloro. No me esperaba esa respuesta, realmente pensé que me abrumaría con un pliego de reclamos acerca de lo injusto de la orden, y cuán triste y enojado se sentía.

Luego de ello tuvimos una gran conversación que duró cerca de media hora, en la que traté de ayudarlo a identificar qué emociones lo gobernaban, y qué hacer para gestionar cada una de ellas.

El hecho fue tan importante para mi hijo de 7 años, como para nosotros, sus padres, que como adultos nos enfrentamos en todo momento a situaciones que no salen como queremos o a personas que nos retan para mantener relaciones aceptables.  El identificar y aceptar nuestras emociones, revertirá positivamente en nuestra seguridad y autoestima. Claro que es posible permitirnos ser “dueños de nuestros sentimientos”. 

Las emociones no son buenas ni malas, son necesarias para aprender y crecer como seres humanos. Conozcámoslas, aceptémoslas y gestionémoslas. ¡Eso nos abrirá un mundo de posibilidades!

Vanessa Hinojosa Hoyos

Gerente General
Clínica Vallesur AUNA

¿Qué tenemos debajo de la nariz?


Hace poco más de tres meses, mi esposa y yo, tuvimos una reunión con la profesora de Mathías, mi hijo de 7 años, en la que estuvo también la psicóloga del colegio. Nos congregaba la necesidad de tener retroalimentación en relación al resultado de algunos tests a los que había sido sometido mi hijo. A continuación un extracto de la conversación:

[Psicóloga]: En términos generales, Mathías ha respondido bien a todas las preguntas. Sin embargo, es importante trabajar mejor en el reconocimiento de las partes del cuerpo humano.
[HPP]: ¿A qué se refiere exactamente? 
[Psicóloga]: Una de las preguntas del test era ¿qué tenemos debajo de la nariz?
[HPP]: ¿Qué es lo que respondió mi hijo?
[Psicóloga]: Indicó que “debajo de la nariz tenemos bacterias”.
[HPP]: Y la respuesta correcta es…
[Psicóloga]: En realidad, señor, la respuesta correcta es “la boca”.
[HPP]: Perdón. Lo que pasa es que mi hijo respondió desde su propia perspectiva. El, por lo menos en este caso, tiene otra forma de ver las cosas. Si vemos la nariz, desde otro ángulo, en efecto mi hijo tiene razón.
[Psicóloga]: (Mostrando una sonrisa) Es que, “por lo general”, la perspectiva debe ser similar a aquella que vemos cuando nos reflejamos en el espejo.
[HPP] Entiendo. Pero cuando yo me veo al espejo, “por lo general” este me muestra que debajo de la nariz, tengo el surco subnasal [o surco del filtrum], por tanto, desde su punto de vista, también la respuesta estaría errada, ¿no cree?.

Luego de un breve intercambio de ideas, seguimos charlando sobre los resultados de mi hijo. Sin embargo, al salir de la reunión, me quedé pensando en qué tanto tenía que ver ese hecho “anecdótico” con el mundo en que vivimos. Mi conclusión es evidente.

No aceptar otros puntos de vista, nos lleva a juzgar a los demás, y muchas veces, de manera dura y errónea. Imaginémonos el impacto de esto en seres que recién se están formando [niños, adolescentes]. Comprender, para luego ser comprendido, decía Steven Covey. Que gran verdad, pero cuan alejada de la realidad de hoy, en la que muchas veces asumimos el rol de los “incomprendidos”. ¡Qué bien se siente uno en el papel de víctima!, así es más fácil pues.

Vivimos en un mundo en el que pretendemos que nuestro punto de vista, sea el mismo que los demás deban tener. Creemos que nuestra verdad es absoluta, y que todo y todos deben girar alrededor de ella. Si a eso le agregamos la falta de tolerancia, la escasez de empatía y la deficiente capacidad de escucha, tenemos la receta perfecta para lograr que las personas se alejen, no solo de sus objetivos, sino del resto de personas que las rodean.

¿Cómo es que queremos un mundo mejor, si no empezamos por aceptar las ideas de los demás? ¿Cómo es que queremos soluciones creativas a los problemas actuales, si vivimos permanentemente en el paradigma del “incomprendido”? Menos imposición y más apertura. Menos verdades absolutas y más entendimiento de los demás. Menos habla y más escucha. Menos egoísmo, más generosidad. Mi opinión no tiene que ser igual a la tuya. El éxito en la convivencia, y en la vida en general, se basa en respetar y aprender de las perspectivas de los demás.

No hay crecimiento sin mudanza


Hace cuatro meses, me tocó iniciar un proceso de mudanza. A pesar de que aún no terminamos [mi familia y yo] de acomodarnos en el nuevo departamento, debo confesar que, no solo aprendí, sino que disfruté de ese caótico suceso. En el camino me di cuenta de algunos aspectos, que son parte de nuestro día a día, y sobre los que vale la pena reflexionar.

El primer paso fue guardar en cajas las cosas de la vivienda que dejábamos, para facilitar el traslado. Fue el inicio del desorden. Allí encontramos objetos [supuestamente] perdidos, otros que probablemente nunca vamos a utilizar y aquellos que “se deben mantener” porque guardan un valor sentimental. También encontramos cosas que no sabíamos que teníamos. Luego de varios años de estar en el mismo lugar, nos dimos cuenta de todo lo que guardábamos, de lo que estaba a la luz de nuestros ojos, pero también de aquello que habíamos refundido en un rincón olvidado. En esta etapa, empezamos a distinguir, aquello que realmente nos sería útil, de aquello que solo servía para copar un espacio.

El paso siguiente fue crucial, yo diría el más difícil. Teníamos, mi esposa y yo, que decidir qué cosas dejábamos [para desechar, donar o vender] y qué cosas llevábamos a la nueva morada. Hubo muchas coincidencias, pero también discordancias. Al margen de ello, debo reconocer que el proceso de depuración tuvo sus bemoles, sobre todo por lo que algunos objetos evocaban en nosotros: juguetes de nuestros hijos que ya no iban a utilizar más, pero que nos traían gratos recuerdos; mi primer carné universitario [cuya foto ya ni reconozco]; la camisa bonita pero pasada de moda; el buzo del cole; documentos inservibles de hace más de una década o el adorno roto que nos cuesta descartar. Y es que cuando la emoción le gana a la razón [sucede más a menudo de lo que creemos], empezamos a aferrarnos a algo que, aunque nos traiga bonitos recuerdos, ya es parte de nuestro pasado.    

Finalmente, llegó la fase última del caos, establecer el nuevo orden: acomodar las cosas en su ubicación final. Lo primero que le dije a mi esposa fue: la mitad del closet es para mí, la otra para ti. Así lo aceptó, pero como buena abogada, aprovechó los “vacíos de la ley”, ocupando otros espacios. Fuera de lo anecdótico, tal vez es la etapa más placentera, porque implica llenar esos vacíos que quedaron, producto de la depuración, pero también de la nueva realidad, con cosas que armonizan mejor con ese contexto distinto.

Debo ser sincero, aún hay objetos a los cuales seguimos aferrados, pero por ahora, está bien así. Mis hijos fueron los más entusiasmados y los que más rápido se adaptaron, tal vez porque tenían una mochila más liviana.     

Después de todo, tomé consciencia de que la vida es eso, una constante mudanza. Cuando te mudas, dejas algo, pero eliges para ti otra realidad mejor. Desorden, depuración, [nuevo] orden. Ojalá los seres humanos repitamos ese proceso con mayor frecuencia. Moverse siempre es bueno. También lo es, liberarnos de esos pensamientos que no nos ayudan, de las relaciones que nos intoxican, del pasado que nos atormenta, e incluso, de la ansiedad que el futuro produce en nosotros. Siempre es posible encontrar un nuevo orden en la vida. Siempre es necesario generar vacíos, para llenarlos con algo mejor. No hay crecimiento sin incomodidad. No hay crecimiento sin mudanza.

Cuando nos volvamos a encontrar


Hace algunos días, mi hija Romina [de 3 años] y yo, tuvimos una “discusión”. Esas discusiones que por lo general vienen precedidas de alguna travesura propia de niños de su edad. Yo estaba enojado, pues Romina no me había obedecido. Ella aparentemente también lo estaba. Me retiré a mi habitación y la dejé sola en la suya. A los 3 minutos [tal vez menos], ella me buscó y me dijo: papá, ¿jugamos? – Era inevitable acceder a su pedido y seguir jugando como si nada hubiera pasado. 

Luego de eso, me puse a reflexionar sobre las diferencias de pensamiento y/o comportamiento que a menudo existen entre los adultos y los niños. El enojo para los adultos puede durar toda una vida, pero para los niños no dura más de tres minutos. Y no solo eso, sino que luego de esos minutos, los niños se comportan como si nada hubiera pasado, mientras que los adultos vamos llenando nuestra mochila con historias negativas sobre las personas.

Los niños son capaces de decir las cosas directamente, los adultos a veces las callamos y en otras no encontramos la forma de “maquillarlas” para decirlas. Los niños hablan menos y hacen más, los adultos hablamos más y hacemos menos. Los niños no tienen miedos, los van aprendiendo, se los vamos enseñando. Los adultos en cambio, vivimos llenos de temores [muchos viven en nuestro inconsciente], de esos que nos paralizan y nos impiden lograr nuestros objetivos.

Los niños no juzgan por la ropa o por el color de piel, hasta que los adultos les enseñamos lo contrario. Los niños no tardan más de diez minutos en hacer nuevos amigos, a los adultos nos puede tomar semanas o meses en lograr hacerlos. Los niños confían en las personas, los adultos desconfiamos de ellas, hasta que nos demuestren lo contrario.

Y entonces me pregunto, cuando decimos que crecemos mientras pasan los años ¿realmente lo hacemos en todas nuestras dimensiones? ¿Realmente somos más tolerantes, más empáticos, nos comunicamos mejor? ¿Nuestras relaciones con otras personas mejoran? ¿Acaso juzgamos menos y confiamos más? ¿Escuchamos mejor? ¿Somos más resilientes?

Probablemente la respuesta a la mayoría de esas preguntas [sino a todas] sea no. Mientras nos hacemos más viejos, por lo general perdemos o dejamos olvidadas esas habilidades. Habilidades blandas les llaman algunos [soft skills], yo creo que son habilidades para la vida [life skills], absolutamente necesarias para mejorar nuestras relaciones con las demás personas.  

Es contradictorio, a los niños les preguntamos siempre ¿Qué quieres ser cuando seas grande? Tal vez a un adulto corresponde preguntarse ¿Qué quisiera mantener de ese niño que era hace algunos años? Que estas fiestas sean propicias para reflexionar sobre ello. Que nos encontremos nuevamente con ese niño que llevamos dentro. Que nuestras life skills se desarrollen de manera proporcional a nuestra edad, al cargo que ostentamos, a los ascensos, a nuestros ingresos o al vehículo que adquirimos. No hay duda que el mundo, nuestro mundo, sería mejor si los adultos recuperáramos esas habilidades.

Felices fiestas. Que el 2019, nos volvamos a encontrar.

El porqué de las cosas


En una conversación con mi hija Romina, de 3 años:

·      Romina: Papá ¿El cielo es azul?
·      Papá: Si, hija.
·      Romina: ¿Por qué?
·      Papá: Así es nuestro planeta tierra.
·      Romina: ¿Por qué?
·      Papá: Así lo creó Dios.
·      Romina: ¿Por qué?
·      Papá: Porque así se ve más bonito.
·      Romina: ¿Y por qué tiene blanco?
·      Papá: Son las nubes, hija.
·      Romina: ¿Por qué?

Fueron varios minutos de “porqués” antes de que se quedara satisfecha con las respuestas. Esta es una constante con ella y con mi hijo de 7 años, y seguramente con los niños en general. Desde que empezamos a hablar, cuestionamos todo aquello que podemos, como parte de nuestro proceso de aprendizaje. Es ese cuestionamiento el que nos lleva a entender muchas cosas en la vida.

Lamentablemente, conforme vamos creciendo, perdemos esa capacidad de cuestionar, ese espíritu crítico que nos lleva a definir finalmente cuales serán nuestras convicciones, valores y principios de vida. Es un paradigma social. En las escuelas y en las empresas, pareciera que es casi una falta de respeto cuestionar. Los docentes y los jefes, los alumnos y los colaboradores, dan muchas cosas por ciertas e inmutables, porque siempre se pensaron o se hicieron así.

Hace algunas décadas, el japonés Sakichi Toyoda [padre del fundador de Toyota, Kiichiro Toyoda], propuso una técnica llamada los “5 porqués” [5 whys], a través de la cual se explora relaciones de causa efecto, respecto a un problema en particular. Esta herramienta se basa en el cuestionamiento como esencia de la mejora continua. Hoy, dicha herramienta, en su versión original o con algunas variantes, es utilizada para diversos fines en el ámbito de la mejora continua, de la innovación, de la gestión de proyectos, entre otros. Ojalá la utilizáramos más en la vida cotidiana.  

En mi opinión, el cambio en las personas, en las empresas y en la sociedad en general, se basa en dos factores: el espíritu crítico para cuestionar [nos] permanentemente y la apertura para aceptar nuevas ideas. Solo así garantizamos el crecimiento. Solo así es posible descubrir otras formas de hacer las cosas, basados en la creatividad y la libertad de elegir del ser humano.

El cambio de paradigma es esencial. Cuan distinto sería el mundo si adoptáramos el espíritu crítico de los niños, si preguntáramos más y diéramos menos cosas por sentadas, si investigáramos el “porqué de las cosas”, sin asumir que son ciertas porque alguien nos las contó. Seremos mejores, en la medida que el signo de interrogación [cuestionamiento], reemplace al de exclamación [juzgamiento].

El cliente y el embudo


Hace algunas semanas me di con la sorpresa que, una empresa con la que había contratado servicios digitales en el mes de mayo, seguía cargando cobros mensuales a mi tarjeta de crédito, aún sin utilizar su servicio. Apenas tomé conocimiento, los contacté vía correo electrónico. La sede de esta empresa queda en París, Francia [con 7 horas de diferencia horaria], sin embargo, recibí una respuesta a las 2 horas, indicando que habían registrado mi reclamo, y que lo iban a resolver en un máximo de 72 horas. Mi sorpresa fue mayor aún, cuando al día siguiente, vi el dinero de regreso en mi tarjeta de crédito, sumado a un correo electrónico con español mal escrito, que decía: “Señor, su reclamo ha sido atendido”. No hicieron preguntas, no pusieron trabas, tampoco utilizaron el plazo máximo que tenían para resolver el problema. Quedé fascinado a pesar del malestar percibido cuando noté los cobros.

Que yo recuerde, en Perú, ninguna empresa con la que haya generado un reclamo en los últimos 20 años, ha sido tan diligente en resolverlo. Por el contrario, por lo general encontramos respuestas como: tiene que pagar primero para poder generar su reclamo, tenemos 30 días para resolverlo, no podemos hacer nada desde acá, todo se decide en Lima [cuando el reclamo es en provincias], o simplemente, no hay respuesta.

Muchas empresas se pasan hablando de lo importante que es el cliente para ellas e incluso dicen “incluirlos” en su estrategia. Pero todo queda en el plan o en la cabeza de los directivos, pocas veces se lleva a la práctica. Otras simplemente diseñan sus procesos en función a lo que es más cómodo para ellas, para no “complicar” más el modelo de negocio con el que funcionan.

Una empresa puede ser rentable en el corto plazo, pero aun así, puede perder valor, y eso la hará insostenible en el tiempo. Y una de las cosas que más hacen las empresas para perder valor, es maltratar a sus clientes. Aspectos tan simples como respuestas tardías o nulas, procesos enfocados en el “statu quo” del negocio, deficiencia en la información y comunicación, falta de disponibilidad [negarse a la omnicanalidad, que es lo que el consumidor de hoy busca], cultura organizacional basada en indicadores en los que el cliente no existe, mapeo erróneo de los “touchpoints”, entre otros. Pareciera que aplicaran la ley del embudo en su relación con el cliente.

Es poco probable que una empresa fidelice a sus clientes, si no se preocupa por ellos. Peor aún, su sostenibilidad en el tiempo correrá riesgo. La experiencia del cliente no es una moda, tampoco un cliché, aunque pareciera que muchos lo toman así. En un mercado cada vez más competitivo y “commoditizado”, la experiencia marcará la diferencia.

Como no te voy a querer, Perú



En los últimos meses, los peruanos hemos vivido algo pocas veces visto, a raíz de la clasificación de la selección peruana al mundial de Rusia 2018. A mi modo de ver las cosas, este hecho va más allá del deporte: yo creo que es “peruanidad, disfrazada de fútbol”.

Pero, este proceso, también ha tenido sus críticos, por el aparente “descuido” y “pérdida de enfoque” de los peruanos en lo que realmente es importante para el país. Discrepo con ello, pues lo que se vio en las últimas semanas, no solamente en Perú, sino también en Rusia, y en cuanto país resida es un peruano, tal vez es el reflejo de lo que sucedió, de lo que vivimos hoy, y ojalá, del inicio del cambio que queremos ver en nuestro país.

Viktor Frankl, neurólogo y psiquiatra austriaco, decía: “Las circunstancias externas pueden despojarnos de todo, menos de la libertad de elegir como responder a esas circunstancias” [El hombre en busca de sentido, 1946]. Y tal parece, que eso es lo que hicimos los peruanos.

Allá en las calles y estadios de la lejana Rusia, se abrazaban aquellos que, seguramente por instinto de sobrevivencia, tuvieron que salir del Perú como consecuencia del terrorismo, de la hiperinflación, de las dictaduras o de la falta de oportunidades. Y estos a su vez, se confundían con los peruanos, aún residentes en su país natal, para cantarle al Perú, para hacerle saber a esta hermosa patria, que desde donde nos toque jugar el partido de la vida, siempre la llevaremos en el corazón e hincharemos por ella.

Como no te voy a querer, Perú. Si el fútbol ha hecho, por lo menos momentáneamente, que nos unamos más, que trabajemos en equipo, que nos abracemos con conocidos y desconocidos, qué gritemos hasta mas no poder, que seamos más empáticos y hasta que toleremos el error. Como no te voy a querer, Perú, si en la compañía o en la soledad, has puesto a flor de piel, lo mejor de nosotros, los peruanos. Nunca antes vi tanto agradecimiento de las personas. Nunca antes vi tanta unión. Nunca antes sentí ese nudo en la garganta, ni esas lágrimas que salían del alma.  

Quién sabe, si mientras escribo estas líneas, algún peruano esté tomando un avión, para hacer patria, fuera de ella. Quién sabe, si aún las huellas de las confiscaciones, de los bombazos, de las colas, de los toques de queda, de los medios secuestrados, de la política, de la falta de oportunidades o de cualquier otra circunstancia, aún viven [y duelen] en los peruanos. Lo que si me queda claro, es que, por lo menos estamos entendiendo, que para que el país cambie, es fundamental un cambio individual.

Que sería del Perú, si la actitud mostrada durante el proceso del mundial, se repite todos los días, todas las semanas, todos los meses, todos los años, dentro y fuera de nuestro territorio. Peruanos más tolerantes, más unidos, más respetuosos, más comprometidos, más hinchas, capaces de hacer lo necesario para lograr un objetivo, sin importar las circunstancias. Dicen muchos, que este es solo el comienzo. Que sea así, el inicio de un gran cambio para nuestro país. Por eso y mucho más, como no te voy a querer, Perú.


La carrera de la vida



Hace unos días, y después de casi 22 años, participé en una carrera de postas, en una mini competencia de padres de familia del colegio de mi hijo mayor. Era una carrera en la que no había nada que ganar/perder, servía más como espacio de confraternidad entre los padres. Aun así,  al parecer todos los participantes, nos la tomamos en serio. Debo confesar, que conforme se acercaba la hora de correr, los nervios se acrecentaban. Segundos antes de recibir la posta, sentí adormecimiento en el cuerpo, y cuando la tuve en mis manos, todo desapareció.

Luego de culminado el evento, reflexioné sobre esos nervios, que me incomodaron por varios minutos. Traté de explicarme el por qué de esa reacción: ¿miedo a perder?, ¿a hacer el ridículo?, ¿a caerme?, ¿a no llegar a la meta? Tal vez todos esos. Pero lo hice, corrí tan fuerte como pude.

Los nervios no son otra cosa que una reacción de nuestro cuerpo, relacionada a lo que percibimos en el mundo exterior. Es una reacción ante un cambio o ante un evento que nos saca de la comodidad. Y la vida es exactamente igual. Un cambio de trabajo, de ciudad, una decisión importante, una reunión con desconocidos, una exposición, una situación de peligro, tienen en común dos cosas: resultados desconocidos y alto grado de incertidumbre.  A la vez, esas dos condiciones, nos producen nervios, miedos, ansiedad, estrés y hasta rechazo.

¿Qué hacer para no tener nervios? Hay infinidad de técnicas que ayudan a gestionarlos [no necesariamente a evitarlos]. Sin embargo, es fundamental tener en cuenta, que nuestras emociones [miedo, tristeza, alegría, enojo], están generadas en base a nuestras percepciones. Por ej., si nosotros percibimos que un lugar es peligroso, evitaremos ingresar en él, aunque nuestra percepción sea poco objetiva e incorrecta. Por tanto, lo primero será, tratar de cambiar nuestras percepciones sobre esa situación, viendo lo que podemos “ganar”, y no tanto lo que podemos “perder”.

Por otro lado, ¿es malo tener nervios? Estoy convencido que no. El futbolista más experimentado o el actor más ducho, podrán dar fe de ello. Pero cuando uno siente nervios, es porque está saliendo de su “zona de confort” y tratando de acceder a una nueva zona que genera poca seguridad. En ese momento, solo tenemos dos opciones: huir, como consecuencia de ese miedo, o enfrentar la situación, y hacerse responsable por los resultados.

Como todo en la vida, esta es una decisión personal. En la carrera de la vida, uno decide que quiere ser, aquel que aplaude en las tribunas o el que intenta meter el gol. Al final, los estadios también necesitan hinchas, y los teatros, espectadores.

Papá, yo quiero ser vendedor



Ayer estuve casi diez horas en una clínica, debido a una cirugía que tuvieron que hacerle a Mathías, mi hijo mayor. Mientras esperábamos en el ambiente contiguo a la sala de operaciones, tuvimos una conversación que duró casi dos horas. Debo reconocer, que fue una charla motivada por la necesidad de ahuyentar el temor, la preocupación y la ansiedad de ambos. A pesar de ello, confieso que en ese tiempo, conocí muchas cosas que antes ignoraba sobre mi hijo [de 6 años], y seguramente a él le sucedió lo mismo, cuando le contaba sobre mí. Aquí un fragmento de la conversación que quedó grabado en mi mente:

-     Papá: Hijo ¿qué quieres ser cuando seas grande? [Para ser honesto, esperaba como respuesta, ser granjero, veterinario [a él le fascinan los animales] o en el peor de los casos, bombero, policía o doctor.
-       Mathías: Papá, yo quiero ser vendedor.
-       Papá: ¿En serio? ¿Por qué quieres ser vendedor?
-     Mathías: Es que la vida se trata de eso. Tú ofreces algo y las otras personas te dan algo a cambio. Así funciona.
-       Papá: ¿Y qué venderías?
-       Mathías: Tal vez productos del campo, frutas, verduras.
-       Papá: ¿Por qué la gente te compraría a ti y no a otro?
-    Mathías: Porque yo mismo sembraría y cosecharía los productos para venderlos. Yo tengo que trabajar para darle lo mejor a las personas.
-   Papá: Me parece muy bien hijo. Tu podrías ser lo que quieras ser [pintor, escritor, ingeniero, arquitecto, veterinario, etc.]. Puedes ser sacerdote o presidente del Perú. Hagas lo que hagas, asegúrate de ser vendedor también.

Ojalá yo hubiera pensado así a su edad. Ojalá lo hubiera hecho siquiera a los 20 años. Ojalá que cada vez más gente en el mundo piense como Mathías. Y es que, como él me dijo, la vida es así [siempre estamos vendiendo]. Pero no solo eso. Un buen vendedor, desarrolla habilidades que el mundo necesita con urgencia. Esas habilidades que comúnmente llamamos “blandas”, pero que en realidad son “habilidades para la vida”, para una convivencia mejor.

Necesitamos más empatía para poder comprender a los demás. Mayor capacidad de escuchar, y menos habilidad para juzgar. Menos ruidos [muchas veces mentales] en nuestra comunicación. Más confianza y menos miedos. Mayor tolerancia al rechazo y aceptación del error [propio y ajeno]. Más vocación de servicio y menos beneficio propio. Eso y mucho más.

Soy un convencido de que nuestras familias, nuestras empresas y nuestra sociedad en general, serán mejores, en la medida en que las personas nos preocupemos más en desarrollar dichas habilidades. Por eso, declaro: yo también quiero ser vendedor.