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Hechos e interpretación ¿Qué historias nos estamos contando?

Hace unas semanas, mientras dictaba un taller para el área de ventas de una empresa del sector retail, solicité a los participantes que hicieran el ejercicio de identificar aquellos rasgos que quisieran cambiar de sus clientes, en el caso que tuvieran la capacidad o posibilidad de hacerlo. Les pedí, además, que trataran de ser objetivos, evitando traer a colación situaciones incómodas que hubieran podido tener. Algunos de los aspectos identificados por la mayoría fueron: exigentes, no saben lo que quieren, entran a la tienda solo a mirar, buscan lo más barato, irrespetuosos (no saludan), preguntan aquello que es obvio, reclaman sin haber leído las condiciones de la tienda y dudan sobre la calidad de nuestras prendas.       

Seguidamente, les pedí que convirtieran esas afirmaciones en preguntas dirigidas a sí mismos, para luego responderlas: ¿Estoy siendo exigente? ¿Siempre sé lo que quiero? ¿Busco lo más barato? ¿Siempre saludo? ¿A veces entro a las tiendas solo a mirar? ¿A veces pregunto por lo que es obvio? ¿A veces reclamo sin conocer las condiciones? ¿A veces dudo de la calidad de los productos que veo en los anaqueles? Cuando terminé de escribir en la pizarra la última pregunta, percibí un silencio incómodo en la sala, reflejado en sus rostros. Todos coincidieron en qué estaban juzgando en sus clientes, aquellos que ellos también hacían.

Nuestra vida gira alrededor de las percepciones que tenemos sobre nosotros mismos y sobre el mundo que nos rodea. Sin embargo, es importante distinguir entre dos conceptos. El primero es el hecho, que no es otra cosa que una realidad objetiva, como por ej. Las dimensiones de una pizarra, el color de un auto, las características físicas de un cliente [rostro, vestimenta, higiene]. Son elementos tangibles que por lo general no generan mayor discusión, puesto que todas las personas coincidiremos en su descripción, en función a lo que podemos ver, medir, tocar, etc.

Por otro lado, está la interpretación del hecho, que es el juicio que tenemos sobre alguna persona o situación en particular. Esta interpretación depende de cada persona, por tanto tiene alto grado de subjetividad. Aquí radica la clave. Nuestra percepción determina la interpretación que le damos a cada situación, y esta a su vez nos lleva a la acción. Hacemos aquello en lo que creemos, y eso nos dará determinados resultados.

Regresando al ejemplo con el que abrí este artículo: si yo juzgo a mi cliente en forma negativa, mi predisposición para tratar con él será mala,  por tanto mi trato también lo será [mi cuerpo dirá lo que mi boca trate de callar], y como consecuencia de ello nunca podré implementar una cultura de servicio enfocada en el cliente. Si soy vendedor y creo que un cliente no me comprará porque no tiene “pinta de…” [antes de abordarlo], pues mi resultado será evidente,  perdí la venta antes de gestionarla. Si quiero trabajar en equipo, pero pienso que no todas las personas que están en el merecen mi confianza, eso es lo que obtendré, desconfianza.

Enric Corbera [psicólogo, investigador y promotor de la bioneuroemoción], sostiene que “la vida es un espejo”. Por lo general juzgamos en los demás aquello de lo que adolecemos, pero que nos negamos a aceptar. Vemos en el otro, aquello que no somos capaces de ver en nosotros mismos.

En la medida en que tomemos consciencia de cómo es que estamos percibiendo el mundo y a nosotros mismos, seremos capaces de cambiar nuestras interpretaciones. Si queremos mejorar las relaciones con nuestros seres queridos, con nuestros clientes, con nuestro jefe, con nuestros proveedores, con nuestros compañeros de trabajo y con la sociedad en su conjunto, tenemos que interpretar las situaciones de una forma que nos acerque a ellos, y no que construya una barrera en medio de las partes.


¿Qué historia nos estamos contando sobre nosotros mismos? ¿Qué historia nos estamos contando sobre los demás? ¿Me están ayudando esas historias a ser mejor persona? ¿Me están ayudando esas historias a tener clientes contentos? ¿Me ayudan a vender más o a generar un mejor clima laboral en mi empresa? Tal vez, si rascamos un poquito la olla, encontremos “historias no contadas”, que nos acerquen a los objetivos que buscamos.  

Nuevo año, nuevos retos: a momentos distintos, estrategias diferentes

El último trimestre del 2015, por primera vez recibí el encargo de completar la “encuesta de expectativas macroeconómicas” del Banco Central de Reserva del Perú [BCRP], herramienta base para determinar cómo evoluciona el nivel confianza empresarial a nivel nacional. A pesar de que es un documento fácil y sencillo de responder, me tomé algunas horas e incluso días para hacerlo. La razón: la confianza empresarial es determinante para lo que sucede con la economía en los siguientes meses.
Y es que, esa pequeña encuesta, refleja la percepción que tenemos los empresarios sobre lo que va a suceder a futuro, y en función a ello, las compañías toman sus decisiones de inversión, de contratar o despedir gente, de ampliar operaciones u otras. En esa línea, quién llene esa encuesta debe hacerlo con total responsabilidad. Solo para hacer un recordaris, hasta la primera vuelta de las elecciones del 2011, el índice de confianza empresarial [expectativas sobre la economía] era de 65, sin embargo, una vez que se conocieron los candidatos que llegaron a segunda vuelta, la confianza alcanzó los 47 puntos, y solo se empezó a recuperar con los primeros indicios del gobierno de Ollanta Humala, de que su famosa “hoja de ruta” había cambiado. A noviembre de 2015 [última información publicada por el BCRP], el nivel de confianza empresarial disminuyó a 45, cifra comparable con aquella de uno los mayores momentos de incertidumbre de la economía nacional en los últimos años, cuando las encuestas indicaban que nuestro saliente presidente iba a dirigir al país en el período 2011 - 2016.
Aunque los datos que consigné en la encuesta son confidenciales [por requerimiento del BCRP], tengo que admitir, que a pesar de la información que todos conocemos sobre la coyuntura nacional y mundial, reflejé en ella, mi optimismo sobre lo que sucederá con mi empresa a futuro. ¿Exceso de entusiasmo? No lo creo. El 2016 traerá una coyuntura tan o más difícil que la del 2015, sin embargo, por lo menos a mi modo de ver, se generarán también oportunidades que cada sector o empresa deberá identificar y aprovechar, además de replantear su estrategia y propuesta de valor.    
Parece ser que nos hemos olvidado, o hemos dejado en una parte no tan cercana de nuestro cerebro, algunos conceptos. La definición de una estrategia requiere dos tipos de componentes en el análisis: el interno y el externo. De estos, como personas y empresas solo podemos influir de manera relevante en el primero, es decir en lo que hacemos, cómo lo hacemos, para quién lo hacemos, con qué lo hacemos [dicho en otras palabras, fortalezas y debilidades]. Y si nosotros, a pesar de la coyuntura adversa, podemos decidir sobre qué hacer y cómo hacerlo, de alguna forma podemos mitigar los impactos negativos de las condiciones externas.   
En sencillo, que es lo que pretendo decir. No podemos excusarnos en la coyuntura –política, social, económica, legal, etc.- para afirmar que a nuestra empresa le irá mal el 2016. Por el contrario, debemos aceptar las nuevas condiciones de mercado y hacer frente al nuevo contexto de una manera distinta. ¿Qué implica esto? Ser creativo, innovador, romper paradigmas, pensar y actuar diferente, reconocerse como los propios gestores del cambio, redefinir estrategias y plantear una nueva propuesta de valor.  


En una entrevista publicada en su libro “La gerencia en la sociedad futura”, Peter Drucker decía: “La innovación exige que identifiquemos de una manera sistemática los cambios que ya han ocurrido en el negocio-en demografía, valores, tecnología o ciencia- y luego los veamos como oportunidades. También requiere otra cosa, que hasta hoy ha sido muy difícil para las compañías existentes: abandonar lo de ayer, en vez de defenderlo”.  Entonces queda claro, que lo primero que debemos hacer, es ser conscientes de la coyuntura externa y la de nuestro negocio, y luego tomar acción sobre ello, aceptando el cambio como parte de la nueva filosofía empresarial.